Viajo de Resistencia a Asunción. Y ahí estoy, sentado, leyendo tranquilamente en lo que sale mi camión. Entonces me doy cuenta que la terminal está llena de perros que han pasado de ser callejeros, a integrantes del inmueble; estoy completamente conciente de su presencia. Uno de ellos se sienta justo debajo de la banca en la que estoy sentado, y empieza a ladrarle a los demás perros; parece ser nuevo. Yo hubiera podido callarlo, pero esa es la característica de un can: ladra. El perro se levanta para gruñirle de cerca a los de su raza. Yo sigo leyendo, pero veo de reojo. En eso pasa un morro de unos 14 años y le da una patada en el estómago. El perro, obviamente, aúlla del dolor y se va del lugar. Sin pensarlo me levanto del asiento y me abalanzo contra el morro, pero él me ignora y a mi me faltan huevos para reventarle el hocico.
Partirle la madre hubiera sido casi lo mismo que patear al perro, con la pequeña diferencia de que el morro se lo merece.
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