Sin duda mi estancia en Paraguay ha sido una de las cosas más chingonas que me han pasado en lo que va de mi vida. No fue como lo esperaba en lo absoluto.
Fallé en lo único que estaba seguro no fallaría, la escuela fue un chiste, el departamento está lejos de ser lo que imaginé, mi relación con los otros alumnos de intercambio fue mucho más fuerte de lo que esperaba (y con los de la escuela lo contrario), el país era completamente distinto a lo que había visto en fotos, y resultó que la mesera que me gustaba anda con un tipo más feo que yo. Pero fue exactamente todo eso, todo lo que no esperaba, lo que hizo estos seis meses tan chingones.
Me perdí de muchas cosas no estando en México, como los cumpleaños de la mayoría de mis amigos, el campeonato del Tri, o el ascenso de los Xolos. Pero también conocí lugares que probablemente nunca vuelva a ver, y tuve la experiencia de ver a México fracasar en su segundo torneo más importante después del mundial; en vivo.
Constantemente me topé con la imagen de mi jefa y yo, de cuando yo estaba chico, y con esa misma imagen sólo confirmé lo que ya sabía: mi jefa es de esas personas que no saben rajarse. Simplemente no le sale, la idea ni siquiera le pasa por la cabeza.
Otra de las cosas que descubrí es que la Zepeda y yo estamos enfermos uno del otro. Y por último, la Karen reafirmó que nuestra amistad no necesita mantenimiento, el tiempo puede pasar sin que nos veamos, pero igual siempre estamos al tanto del otro, y sabemos que la próxima vez nos veremos con las mismas ganas que la última.
Toda mi gente está en México, yo me estoy cagando por verlos, y no estoy seguro de ellos, al menos no de todos, pero por lo menos sé que cuatro personas a huevo me están esperando. Y a los demás, no importa, yo los busco.
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