Humberto Suazo fue el hombre de esta noche, sin duda. Todo empezó al minuto 4, cuando fue amonestado. A partir de ahí el partido giró en torno a él. Los cronistas no dejaban de hablar de cuánta falta haría el chileno en el cuadro Rayado, para el partido de vuelta. Analizaban las posibilidades del Vuce para reemplazarlo: "Será César Delgado, quien se reincorpora para el siguiente cotejo", comentó el equipo de ESPN durante aproximadamente media hora –por lapsos–, en referencia al suplente de Suazo.
Después, en una descolgada del equipo regiomontano al minuto 56, el Chupete llegó tarde a la cita con el balón, y dejó la pierna arriba para impactar con el muslo de Oswaldo; como si ya no importara nada, 'al cabo que ya no voy a jugar el siguiente partido'. Pero Chacón lo perdonó, y lo dejó seguir.
Humberto seguía siendo el tópico del encuentro: "Me parece que Suazo no debería seguir en el partido después de tal entrada", indicaban los cronistas; y tenían razón.
Entonces, quizá una chispa se encendió en el chileno, una especie de llamada: 'no te echaron, rífatela'. Así, el Chupete decidió echarse el equipo en la espalda –situación atípica en él– y cuatro minutos después, tras un desborde por la banda derecha de mi amor, Humberto recibió un bombón y no perdonó frente al marco, para abrir el marcador.
Eso ya era decir presente en la final de vuelta, sin estar en la cancha. Pero las ganas de Suazo no quedaron ahí, quiso más, y después de un par de aproximaciones, el Chupete se quitó a la mitad de los Laguneros, definiendo el partido de manera soberbia e irrefutable.
Humberto no merecía jugar los últimos 34 minutos del encuentro, y si no hubiera sido por él, la historia hubiese sido muy distinta, quizá una victoria para Santos. Pero el 'hubiera' no existe, y eso no es culpa del Chupete.
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