Estoy festejando un gol, pero al mismo tiempo estoy incitando a la calma. Porque pareciera que hay poco o nada qué festejar, pero en realidad sí hay algo por lo que debo estar feliz; algo que en primera instancia no parecería digno de celebrar, pero que a la larga dejará ver por qué hay que alzar las manos. Porque ya sé qué es lo que tengo qué hacer.
Y al mismo tiempo, mientras me muevo con las manos al aire, estoy sobrevolando esta situación que ya no requiere de mí haciendo piques a la banda para desmarcarme, recibir el balón, y enfilar al arco. Sino simplemente trotar tranquilamente —y lenta, porque no hay ninguna prisa—, y llegar a la media cancha, para realizar el saque inicial, nuevamente.

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