Arellano condujo el balón en diagonal mientras señalaba la punta derecha; como buen prestidigitador, abrió a la izquierda, donde Ramírez templó un centro; Cuauhtémoc se lanzó por la pelota; ya en el aire, advirtió que su cuerpo iba en una pose extraña y estiró la pierna, confiando en que la magia le regalara una hipotenusa. El balón entró a las redes como un prodigio suave.
De Dios es redondo.
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