22/10/12

1997: Verano

Todo empezó un sábado 17 de mayo de 1997; y vaya que empezó tarde. En aquellos años acostumbrábamos ir cada sábado a casa de una de mis tías, en Valle Dorado —se reunían a jugar 'Continental', y echarse una que otra bebida—. Yo me pasaba la tarde jugando con mi primo y sus vecinos; en esa calle jugué futbol por primera vez.

Recuerdo que esa tarde jugábamos una serie de penales: "al que le metan cinco, queda eliminado". Mi equipo en esa época era el Necaxa, porque ahí jugaban mis dos ídolos de la selección —el único equipo de futbol al que había visto jugar, y sólo unos minutos—, Adolfo Ríos y Luis Hernández. Así es que en cada tiro penal que ejecutaba, yo era El Matador, y cuando paraba era Ríos. Mientras disputábamos esas significativas eliminatorias, los vecinos de mi primo y él, hablaban del América, equipo que no hacía eco en mi cabeza tanto, como ahora. "Ya casi va a empezar el partido, hay que apurarnos", decían. En mi vida había visto un partido de futbol completo.

"Ya es hora. Vámonos, al rato le seguimos", dijo uno de los vecinos, el más pequeño de edad, y el mejor de todos nosotros: Ray. Entramos a la casa del Bebo, y el televisor nos aguardaba con la transmisión de Televisa. Mis ahora amigos, no hablaban de otro jugador que no fuera Luis García, hombre completamente desconocido para mí hasta ese momento. "¿Quién es ése?", se me ocurrió preguntar. "¿No sabes quién es Luis García? No manches. ¿De dónde sacaste a tu primo, Raúl?" No volví a decir una palabra en todo el partido.

Ninguno de ellos 'le iba' al América, pero aquella tarde todos estaban con Luis García, el ídolo de México en esos días. Las Águilas anotaron primero, de penal; podría jurar —y nunca pensé decir esto— que es el único gol que recuerdo haber visto sin sentir absolutamente nada. "Y fue de Luis García", dijeron con emoción todos mis nuevos amigos.

De los vecinos de mi primo, como en cada cuadra del mundo, uno de los niños que conformaban esa 'palomilla', era mayor que todos por dos años, aproximadamente. Todas las dudas en materia de resultados, posiciones en la tabla, marcadores globales, etc., recaían sobre él. Aquél partido ya era 'la vuelta', por lo que preguntaron: "Pedro, ¿y cómo van en el global?" "Uno, uno", respondió el hombre sabio de 11 años de edad; y después explicó el por qué. Ahora lo entiendo perfectamente, pero recuerdo que aquél día sólo podía escuchar palabras que parecían de otro idioma, y era tan fácil como: "se suman los goles de los dos partidos".

En fin, la tarde fue mucho más corta de lo que esperaba. Antes del medio tiempo, Claudinho anotó el empate, y la verdad es que no lo recuerdo, pero casi estoy seguro de que se fue a festejar con su hijo, detrás de la portería (esa es para ti, Lara). Ya en el segundo tiempo, Jafet Soto marcó el segundo para los Canarios. Todas las jóvenes caras eran de desilusión, menos la mía, que se acercaba más a un gesto de aburrimiento. "Ya vámonos a jugar, ya no los van a alcanzar", dijo Ray. Pedro respondió molesto que esperara; no sé si fue porque el América perdía, o porque sabía que la verdad era esa: empatar el global estaba complicado.

Durante toda la transmisión me llamó la atención un jugador, un tal 'Chícharo'. Y no por su calidad —misma que a esa edad ni siquiera habría podido distinguir—, sino por su apodo. Fue precisamente él quien puso el pase para el tercer gol, y la sepultura para las Águilas. Resulta que es el padre del último gran héroe mexicano en materia de futbol.

Algo pasó en mí esa tarde. De repente sentí ganas de ver los partidos del equipo en el que jugaban mis ídolos. El Necaxa también estaba en la liguilla, así que tenía oportunidad de seguirlos. Pero los vi hasta que jugaron las semifinales, contra el emblemático Toros Neza de Enrique Meza, Mohamed, el 'Pony' Ruiz, Lussenhoff, Larios, y compañía. No vi la ida. La vuelta fue en el Neza 86. Lo único que recuerdo es que los de casa se llevaron el triunfo, y como buen niño, estaba dispuesto a alentar a cualquier equipo que enfrentara Toros Neza, con tal de que perdieran el campeonato. Y así fue, aquella final de verano fui Chiva por unas semanas.

(En aquél Chiverío militaban jugadores de la talla de Ramón Ramírez, Alberto Coyote, Claudio Suárez, el 'Tiburón', entre otros. Todos ellos dirigidos por el 'Tuca' Ferreti).

Mis recuerdos de aquella final en la ida, son prácticamente una imagen borrosa, algo así como una de las mejores portadas de discos que he visto en mi vida. Pero la vuelta fue inolvidable. Sólo esperaba que las Chivas ganaran el partido, como fuera. Nunca esperé ver una cantidad tan holgada de goles en un solo encuentro: siete. Seis del Club Guadalajara y uno de Toros Neza. Cuatro de esos goles fueron cortesía de Gustavo Nápoles, es por eso que nunca olvidaré su característico festejo de imitar a un gusano sobre el pasto.

Jamás imaginé que ese domingo tuviera tal impacto en mi vida.



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