Zule es una de mis compañeras en la oficina. Ella es quien se encarga de entregarnos el calendario de guardias cada mes. En teoría las guardias ya están asignadas casi por defecto, es decir, hay un patrón que se repite hasta que alguien de nosotros solicite un cambio, salga de vacaciones, pida algún permiso, etcétera. A Zule siempre le toca hacer sus guardias después de mí.
A finales de septiembre, mientras nos poníamos de acuerdo con las guardias de octubre —en la que hicimos una ola de cambios en el orden, debido a compromisos que cada quien tenía que atender— ella me regañó:
—¿Todos están de acuerdo con los días que les tocaron?
—Sí— respondimos todos.
—¿Y tú Luis? ¿No interfieren las guardas con la boda?
—No, están bien. Yo nomás voy a cambiar si algún día de esos juega la Selección.
—¡Ay, por favor! ¿Es en serio?
—¿Qué tiene?
—Pues por las cosas que prefieres cambiar guardias; por un partido de futbol. Debes de priorizar los eventos importantes.
—Pues cada quién, ¿no?
—Pues si a mí me toca uno de esos días, yo no te la voy a cambiar.
Esa mañana decidí no volver a hacer un cambio con ella, a menos que me lo solicitara, después de todo, no tengo inconvenientes.
Esa misma semana, La Raya jugaba contra Municipal el día de mi guardia. Obviamente no hice ningún comentario al respecto, y me resigné a no ver el juego. Un día antes, Zule me pidió cambiar de turno porque tenía cita con el dentista. El mes siguiente, una de mis guardias cayó en el día que se jugaba la jornada 11 del futbol mexicano; "Tengo cita con el dentista otra vez, ¿me cambias?".
La semana pasada me di cuenta que el partido pendiente de la fecha 13 contra Toluca, se juega el día que me toca guardia. Hace cinco minutos, Zule vino a pedirme que cambiemos turnos otra vez; no me dijo por qué. Estoy tentado a preguntarle, pero estoy seguro que si lo hago, voy a ahuyentar mi suerte en ese sentido.
Lo raro de esto, es que a ella no le gusta el futbol, tiene novio, y es 13 años mayor que yo. Sólo es una excelente coincidencia.
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