11/3/13

Carta al Perro #8

Justamente hoy en la tarde estaba pensando en ti: "el sábado nos vamos a encontrar, tengo que escribirle al Perro".

¿Te acuerdas lo que pasó la última vez? Unos días antes del partido de ida por los cuartos de final del Apertura 2012, una serie de hechos en los cuales había perros involucrados, empezaron a suceder a mi alrededor. Yo los interpreté como una especie de señales. Ya sabes cómo soy de cursi.

Hace unas horas salí a correr, y como si el destino o lo que sea, no quisiera que me olvidara de escribirte, me topé con un perro vagando en media calle, uno que nunca había visto antes en la cuadra. Yo no llevaba ni media vuelta corriendo, y el perro se encontraba deambulando lentamente entre uno de los carros, como si estuviera buscando algo, o esperando a alguien; aunque suene exagerado. 

Al principio pensé que aguardaba a su dueño, quien posiblemente se había quedado unos pasos atrás. Después pensé que estaba perdido. En cuanto pasé a su lado, el can inició una carrera a mi costado izquierdo, volteándome a ver. Quizá la emoción de jugar le ganó al principio, porque me superó en velocidad rápidamente, pero al notar que mi paso era constante, bajó la intensidad hasta permanecer junto a mí. Derecha o izquierda, a veces un poco adelante, y otras retrasado por olfatear a los demás perros, pero siempre cerca.

Y así nos fuimos la primera vuelta. Imagina mi sonrisa. Para la segunda, desapareció entre los carros. Pensé que ya no lo volvería a ver. Pero en la tercera vuelta, regresó. Fue cuando dejé de correr, entonces él lo hizo también. Caminó a mis costados, intentando lamer mis manos, y contra todas mis costumbres, me contuve y evité acariciarlo. "Aquí no puedo tener perros", dije.

Cuando terminé las tres vueltas, le pregunté al guardia por los dueños de este amigo canino: "Pos ya es tuyo, carnal", respondió. Y ganas no me faltaron.

El Perro se detuvo justo cuando entré a la casa, y se quedó esperando a que saliera de nuevo. Pero no lo hice, al contrario, lo corrí, para que no hubiera ningún vínculo, más que ese paseo. Él lloró un poco, aulló, y hasta ladró para que saliera. Pero nada. A los pocos minutos se cansó y se marchó.

Fue algo así como el perro que enjugó el llanto de la mujer en el ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Hermoso. Un poco más que ver a un perro jugando con el portero en una cancha de futbol profesional.

De por sí, amo correr. ¿Así cómo quieren que deje de hacerlo?

No sé cómo interpretar esto, Perro. No sé qué quieres decirme. Pero creo que estoy a punto de averiguarlo.

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