5/3/13

El ciclo normal de la vida

Naces en México, eres varón. Creces, pero nada más poquito, porque en cuanto empiezas a tener conciencia de tus actos, el futbol ya entró en tu vida, aunque sea de manera indirecta. Si tu papá vive contigo, escuchas de futbol por él, y si no de todos modos lo ves en la escuela durante el recreo; es más, dejas de verlo porque tus compañeros ya te dicen que "le entres a la reta".

Continúa tu desarrollo como ser humano. Te empiezas a interesar por las chicas, pero antes de eso, te empiezas a interesar por un equipo de futbol. Entonces inicia tu primera relación amorosa, y tú ni te enteras. Tu primer equipo es el más popular de la liga mexicana —o de cualquier liga—, o en el que juega tu ídolo. Regularmente el amor por ese equipo se va, y conforme llegas a la adolescencia, cambias de equipo, hacia uno con el que en teoría te sientes identificado. Tal y como el primer amor, tu primer equipo se va, y es sólo eso: una probadita de lo que esto realmente es.

Con nuevo equipo, el amor empieza a florecer; este sí es el bueno, y ya no importa nada. Pero, ¿cómo fue que te enamoraste de este equipo? Piénsalo. Si tienes convicción, tu fijación por este club, es un poco distinta a las demás. No es por moda, tampoco porque sea el equipo que va rompiendo la liga, es más, tu club a penas tiene un convocado a la Selección Nacional. Tu equipo oscila entre los lugares de media tabla, con algunas posibilidades de clasificar a las finales, pero no como líder del certamen.

Eso es amor, y no conveniencia. Quizá por una cuestión de dramatismo (o problemas internos), escogiste un equipo que no te garantizará títulos, pero emociones fuertes, sin duda. Obtiene todo tipo de resultados; sus partidos de media liga son empates abultados, derrotas decorosas, o victorias de último minuto. Definitivamente te gusta sufrir. Porque si fueras inteligente, serías culé, al cabo que el Barcelona le gana al que se le ponga enfrente —hasta la semana pasada—. Pero qué flojera, que tu club siempre gane no es emocionante. (Quizá el equipo de preferencia sea un reflejo del tipo de relación amorosa que el aficionado al futbol sostiene. Aclaro: quizá).

Por otro lado, tu interés por las chicas ya es todo un hecho. Tienes, una, dos, tres, diez novias. Las cosas no han funcionado, y has tenido que romper con una y otra, porque no hay necesidad de tener problemas amorosos; vamos, no quieres una relación patológica. Pero, ¿qué tal va tu relación con el equipo de futbol de tus amores? ¡Ha! "Está peleando el descenso, pero se van salvar. Seguro que el próximo fin de semana ganan". Pasan dos años, tu equipo mantiene la categoría, toma un buen nivel, y es campeón. La relación se vuelve inquebrantable, e indudablemente patológica. Nada más fíjate por cuantos vaivenes emocionales has pasado desde que te identificaste con esos colores futboleros.

Pero después del campeonato, ese club se va de pique, otra vez. Si eres un villamelón —algo sumamente común en este hermoso país—, y tu equipo no levanta el vuelo después de dos temporadas, lo cambias por otro. Si eres uno de los 'barras', les recriminas con violencia, en los partidos haces desastres en estadios y camiones para que sepan que te están fallando; ¿cómo te van a responder así si tú siempre les has sido fiel? Claro que siempre les has sido fiel, por eso cuando juegan contra San José de Oruro de Bolivia, despliegas una manta enorme en la gradería sur, con la leyenda 'Siempre fiel', porque los "barras sí son aficionados de verdad, y nunca faltan a los partidos; nomás al encuentro frente a Estudiantes Tecos en la fecha 9 del Apertura 2011, pero eso porque iban mal en la liga" y tenían que saber que no estabas conforme.

Ahora, si eres aficionado de verdad, de convicción, el escenario es este: y ahí estás, cada fin de semana, o cuando sea que tu equipo juegue. Te pinteas clases, pides permisos en el trabajo, cambias citas, etcétera, todo por ver a tu equipo. Aunque pierda, lo sigues. Haces corajes, pero la siguiente semana ahí estás otra vez. No lo dejas, no puedes, no pierdes la esperanza que al siguiente partido retome el camino del triunfo. Aguantas todas las burlas, pero tú eres fiel, incluso le eres más fiel a tu equipo que a tu novia.

Esperas el sábado o el domingo (según sea si juega de local o visitante) para volver a ver ganar a tu equipo, y desahogar todas las penas acumuladas en la semana por el trabajo y las relaciones sociales. El árbitro silba el inicio y tú destapas la primera cerveza. Gol en contra: "no le hace, hombre, ahorita empatamos". Pero los jugadores del club de tus amores parecen estar pensando en otra cosa, y se caen solos, equivocan pases de trámite, fallan oportunidades claras de gol, no se hablan, y para acabarla de amolar, les meten otro gol. Entonces tus gritos ya no son de placer, son de coraje. Y tus penas, más allá de ser desahogadas con el grito de la victoria, o un gol si quiera, se acumulan gracias a que tu equipo no la trae derecha. El árbitro silba el final, y tú terminas borracho y enojado.

¿Qué necesidad tienes de andar pateando botes en las calles, solo y desilusionado, todo por causa del futbol? Pues ninguna, pero ya estás bien enamorado, y ni cómo dejar a tu equipo.

Creces más, finalmente decides casarte. Te reproduces. Algunos de tus hijos —porque si son fresas, olvídate de que les vaya a gustar ese deporte de nacos, albañiles, del pueblo, sin cultura, y todos los adjetivos denigrantes posibles para el futbol, gracias— viven casi el mismo ciclo que tú cuando eras niño. Creces aún más, te vuelves abuelo. Algunos de tus nietos viven un ciclo muy similar al de tus hijos a los que sí les gusta el futbol, y al tuyo. Mueres.